EVANGELIO DEL DÍA

domingo, 16 de enero de 2011

La Iglesia, Esposa de Cristo

EVANGELIO DEL DÍA: 17/01/2011
¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Lunes de la II Semana del Tiempo Ordinario


Carta a los Hebreos 5,1-10.
Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir en favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados.
El puede mostrarse indulgente con los que pecan por ignorancia y con los descarriados, porque él mismo está sujeto a la debilidad humana.
Por eso debe ofrecer sacrificios, no solamente por los pecados del pueblo, sino también por los propios pecados.
Y nadie se arroga esta dignidad, si no es llamado por Dios como lo fue Aarón.
Por eso, Cristo no se atribuyó a sí mismo la gloria de ser Sumo Sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.
Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.
El dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión.
Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer.
De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen,
porque Dios lo proclamó Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.

Salmo 110,1.2.3.4.
De David. Salmo. Dijo el Señor a mi Señor: "Siéntate a mi derecha, mientras yo pongo a tus enemigos como estrado de tus pies".
El Señor extenderá el poder de tu cetro: "¡Domina desde Sión, en medio de tus enemigos!".
"Tú eres príncipe desde tu nacimiento, con esplendor de santidad; yo mismo te engendré como rocío, desde el seno de la aurora".
El Señor lo ha jurado y no se retractará: "Tú eres sacerdote para siempre, a la manera de Melquisedec".

Evangelio según San Marcos 2,18-22.
Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban, fueron a decirle a Jesús: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacen los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos?".
Jesús les respondió: "¿Acaso los amigos del esposo pueden ayunar cuando el esposo está con ellos? Es natural que no ayunen, mientras tienen consigo al esposo.
Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido viejo y la rotura se hace más grande.
Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres, y ya no servirán más ni el vino ni los odres. ¡A vino nuevo, odres nuevos!". 
Mc 2,18-22
Leer el comentario del Evangelio por 
Juan Pablo II
Carta apostólica « Mulieres dignitatum §23,26
La Iglesia, Esposa de Cristo
     Las palabras de la carta a los Efesios tienen una importancia fundamental: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, sin mancha ni arruga... 'El hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne'. Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia» (5,25-32; Gn 2,24)...

     El misterio pascual revela plenamente el amor esponsal de Dios. Cristo es el Esposo porque «se entregó a sí mismo»: su cuerpo fue entregado, su sangre fue derramada (Lc 22,19.20). Es así que él «amó hasta el extremo» (Jn 13,1). El don totalmente desinteresado que supone el sacrificio de la cruz hace sobresalir, de manera decisiva, el sentido esponsal del amor de Dios. Cristo, como redentor del mundo, es el Esposo de la Iglesia. La Eucaristía hace presente y realiza de nuevo, sacramentalmente, el acto redentor de Cristo que creó a la Iglesia, su cuerpo. Cristo está unido a este cuerpo como el esposo a la esposa. Todo esto está dicho en la carta a los Efesios. Dentro del «gran misterio» de Cristo y de la Iglesia se halla introducida la eterna «unidad de los dos» constituida desde el principio entre el hombre y la mujer.



lunes 17 Enero 2011

San Antonio de Egipto

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Abad, (251-356)
Es conocido con distintos apelativos. “San Antonio de Egipto” o “Antonio el Ermitaño”, pues allí nació, cerca de Menfis, el año 251. San Antonio del Desierto, pues al desierto se retiró para seguir a Cristo. San Antonio el Grande, por el inmenso influjo de su ascética, tanto por su caridad en atender al prójimo, como por su fortaleza frente a las tentaciones del demonio, tema que con frecuencia han reflejado en sus cuadros los pintores.
Antonio, el gran padre nuestro, el corifeo del coro de los ascetas, floreció bajo el reino de Constantino el Grande, alrededor del año 330 desde el nacimiento de Dios. Fue contemporáneo de gran Atanasio, quien de él escribió, posteriormente, una amplia bibliografía. El accedió al súmmum de la virtud y de la impasibilidad. Si bien inculto e iletrado, tuvo como maestra, proveniente desde lo alto, esa sabiduría del Espíritu Santo que ha instruido a los  pescadores y a los infantes: iluminado por ella, el intelecto profirió muchas y variadas advertencias sagradas y espirituales, concernientes a temas diversos, y dio a quien lo interrogara, sabias respuestas, llenas de provecho para el alma; como se puede ver en muchos pasajes del Gerontikon. 

Pero el nombre que le distingue sobre todo es San Antonio abad. Abad significa padre, y entre todos los abades  que hemos celebrado esta semana, Antonio fue por antonomasia el abad, el padre de los monjes.  San Pacomio había iniciado el movimiento de convertir a los solitarios anacoretas en cenobita, agrupándolos en monasterios de vida común. San Antonio fue escogido por la Providencia para consolidar el cenobitismo.

Antonio es un caso ejemplar de tomar la palabra de Dios como dirigida expresamente a cada uno de los oyentes. "Hoy se cumple esta palabra entre vosotros", había dicho Jesús. Así la cumplió San Antonio. Su vida la conocemos bien, gracias a su confidente y biógrafo San Atanasio, obispo de Alejandría, a quien dejaría en herencia su túnica. Es la primera hagiografía que se conoce, obra muy bien recibida por el mundo romano.

Sus padres le habían dejado una copiosa herencia y el encargo de cuidar de su hermana menor. Un día entró en la iglesia cuando el sacerdote leía: "Ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres". Otro día oyó decir: "No os agobiéis por el mañana". Y se comprometió a vivirlo sin dilación. Confió su hermana a un grupo de vírgenes que vivían los consejos evangélicos, y él dejó sus tierras a sus convecinos, vendió sus muebles, se despojó de todo, rompió las cadenas que le sujetaban y se marchó al desierto.

El último medio siglo de su vida -vivió 105 años- residió en el monte Colzum, cerca del mar Rojo. Amante de la soledad, allí vivía en una pequeña laura, entre largos ayunos y oraciones, y haciendo esteras para no caer en la ociosidad. Así se defendía contra los violentos ataques del demonio, que no le dejaba un momento de reposo. Es el ambiguo valor del desierto, lugar propicio para el encuentro con Dios y para las tentaciones del maligno. Antonio es un magnífico ejemplo para vencer las tentaciones.
Además de lo antedicho, este hombre ilustre, nos ha dejado también ciento setenta capítulos Son el fruto genuino de esa mente divinamente iluminada, nos lo es confirmado, entre otros, por el santo mártir Pedro de Damasco. Pero la misma estructura de lenguaje quita toda duda y deja solamente una posibilidad a aquellos que examinan minuciosamente los textos: se trata de escritos que se remontan a aquella santa antigüedad.

Muy pronto encontró imitadores. Un enjambre de lauras individuales fue poblado por fieles seguidores que querían vivir cerca de aquella regla viva. Se reunían para celebrar juntos los divinos oficios. De este modo compaginaban el silencio y soledad con la vida común. Sólo salió de allí para ayudar a su amigo Atanasio en la lucha contra los herejes, y cuando fue a conocer a Pablo el ermitaño. Se saludaron por su nombre, se abrazaron y ese día trajo el cuervo de Pablo doble ración de pan.

Se le atribuyen muchos milagros. Pero él los rehuía. A Dídimo el Ciego le repite: No debe dolerse de no tener ojos, que nos son comunes con las moscas, quien puede alegrarse de tener la luz de los santos, la luz del alma.

Es el Santo taumaturgo que no sólo es invocado a favor de los hombres, sino también de los animales, que aún son bendecidos el día de San Antonio en muchos sitios. Era costumbre en las familias alimentar un lechón porcino para los pobres, que se distribuía el día del Santo, y terminará acompañando la imagen misma de San Antonio. Cargado de méritos, famoso por sus milagros y acompañado del cariño, subió al cielo el Santo Abad el 17 de enero del año de gracia 356.
No debe pues asombrarnos que la forma del discurso se desarrolle en la mayor simplicidad de la homilía, en un estilo arcaico y descuidado: lo que, sin embargo, nos asombra es como, a través de tal simplicidad llega a los lectores tanta salvación y provecho.
Cuánto más, en aquellos que lo leen florece la fuerza de la persuasión de estos escritos, tanto más en ellos destilan la dulzura y tanto más destilan, absolutamente, las buenas costumbres y el rigor de la vida evangélica  ¡ciertamente conocerán su regocijo aquellos que degustaren de esta miel con el paladar espiritual del intelecto!
Parece ser que Antonio el Grande,  conocido también como “Antonio el Ermitaño” o “San Antonio de Egipto”, vivió entre los años 250 y 356 aproximadamente. De familia cristiana, más bien rico, habiendo quedado huérfano de muy joven y con una hermana muy pequeña a su cargo, un día fue fuertemente golpeado por la Palabra del Señor al joven rico: si quieres ser perfecto, ve, vende todo aquello que posees, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme (Mateo 19; 21).
Sintiéndose aludido, enseguida empezó a vender lo que poseía y a darse a una vida de oración y penitencia en su misma casa.
Después de algún tiempo, confió a su hermana a una comunidad de Vírgenes y llevó una vida de oración y penitencia en su misma casa. Llevó una vida solitaria no lejos de su pueblo, poniéndose bajo la guía de un anciano asceta de quién se alejara, luego para retirarse en el desierto, en una de las tumbas que se encontraban en aquella región.
Su ejemplo fue contagioso, y cuando se retiró al desierto de Pispir, el lugar no tardó en ser invadidos por cristianos. Lo mismo sucedió  cuando sucesivamente se retiró cerca del litoral del Mar Rojo. La vida consagrada al Señor, en soledad o en grupos, ya es una costumbre, pero con Antonio el fenómeno asumió dimensiones siempre más amplias, tanto que podemos llamar a Antonio, “el padre de la vida monástica”.
También en occidente su influencia fue grandísima, sobre todo gracias a la rápida difusión de la Vida, escrita por Atanasio poco después de la muerte de Antonio. Atanasio había conocido bien a Antonio en su juventud.  La biografía que escribió debe ser considerada como un documento histórico de peso, si bien, obviamente, al escribirla, el autor ha usado procedimiento corrientes en la literatura de su tiempo, como el poner en boca del protagonista largos discursos nunca pronunciados de esa forma y extensión, pero en los cuales se quiere recopilar, en un síntesis orgánica y vivida, las que fueron, efectivamente, las ideas más trascendentes del protagonista, por el expuestas –o, más simplemente, por el vividas- en las más variadas situaciones.
Se atribuyen a Antonio siete cartas escritas a los monjes, además de otras dirigidas a diversas personas. De la Vita Antonil escrita por Atanasio existe una óptima traducción italiana con un texto latino que la antecede, en las ediciones Mondadori / Fundación Lorenzo Vallas 1974, a cargo de Christine Mohrmann se puede también ver una reciente traducción francesa de las Cartas de San Antonio en la colección Spiritualité Orientale N. 19, Abbaye de Bellefontaine.




Oremos 




Señor, tú que inspiraste a San Antonio Abad el deseo de retirarse al desierto para servirte allí con una vida admirable, haz que, por su intercesión, tengamos la fuerza de renunciar a todo lo que nos separe de ti y sepamos amarte por encima de todo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



Calendario de fiestas marianas: Nuestra Señora de la Paz, Roma (1483). Nuestra Señora de Pontmain, Francia (1871).

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